Huyendo de la publicidad

11 abril, 2018 - 3 minutes read

Esta situación ocurre con frecuencia.

Te cuentan un rollo, te lo pintan bien, te convencen y acabas aterrizando en la casa de una marca: su web, sus redes sociales… Te atraen sus promesas y te gustan sus buenas palabras. Después del contacto inicial ella te pide tu email. ¿Qué puede haber de malo en eso? Así que se lo das.

Muy poco tiempo después, la imagen atractiva y el seductor discurso empiezan a venirse abajo. Algo huele a chamusquina. Las promesas comienzan a no cumplirse. Y tú dices: ¡ahí te quedas! Y la marca te responde: ¡no, no te vayas! Primero te pone morritos y viendo que no funciona, se vuelve insistente, MUY insistente. Así que lo que podía haberse quedado en un cese amistoso de la relación pasa a convertirse en un acoso y derribo en toda regla, provocando tu enfado y obligándote a añadirla a tu lista de “marcas a las que no volver a ver el pelo”.

Ahora mira detenidamente esta “enternecedora” escena. 👇
marca-reteniendo-cliente
Así es exactamente como algunas marcas intentan retener a sus clientes, algo paradójico pues mientras ellas piensan que lo están haciendo de lujo, en realidad están originando el efecto contrario. Creen que por ir disfrazadas de buenas intenciones y enfundadas en marketing molón van a conseguir persuadirte y que te quedes con ellas por siempre jamás.

Huele a publicidad.

Los negocios son los negocios y una marca está para producir ingresos. Querer ganar dinero con tu proyecto no te convierte en alguien perverso y desalmado.

He comentado en algún que otro post, que la ética vende y mucho, que gestionar con la honestidad a la cabeza, puede ser muy rentable y, además, más sólido y sostenible. El problema sucede cuando una marca adopta estrategias basadas en la pura apariencia, en modas efímeras, en abrazar filosofías del vecino que molan mucho pero que realmente no nos creemos.

Esa falta de autenticidad y de verdad, genera que cuando tenemos que sacar a relucir nuestro lado puramente mercantil se nos vea el plumero. Tu público te verá entonces como un impostor, como alguien que lo único que perseguía desde el principio era tu dinero o tus datos. Llegado este punto ten clara una cosa: la gente suele huir de la publicidad como de las calorías y además, penaliza mucho la mentira y la impostura.

Si quieres relacionarte con tu audiencia de una manera más limpia trátala exactamente como te gustaría que te trataran a ti: no mientas, no incordies, no seas pesado y si llegado el momento, la relación se rompe, deja ir. Es lo que te gustaría a ti.

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