Lo obvio es invisible

10 diciembre, 2017 - 4 minutes read

obviedad
Si tienes frío, tápate. Si no estás a gusto en la cama, duerme en el sofá. Si no te gusta el cine, no vayas. Las obviedades parecen absurdas por su evidente sencillez y por ello, pueden parecer fáciles de cumplir pero no, nada más lejos de la realidad.

Un proyecto empresarial, una marca, nace de la mano de, o bien un capital tangible, o un servicio. Sea como fuere, la idea básica es que éstos cumplan alguna función: cubrir una necesidad, un deseo o solucionar un problema. Obvio.

Mikasa, por ejemplo, se dedica a fabricar sobre todo balones: de fútbol, voleibol, de fútbol americano. Balones al fin y al cabo. Algunos más grandes, otros más pequeños. Algunos se patean y otros se golpean con la mano. Los balones de fútbol por ejemplo, son redondos, ruedan y como están llenos de aire, botan. Cumplen por tanto la función para los que fueron ideados: la práctica del fútbol. Simple, ¿no? Pues eso.

Adidas también fabrica balones: de fútbol y de baloncesto. Balones al fin y al cabo. Algunos más grandes, otros más pequeños. Estos también se patean con el pie y se usan con las manos. Los de fútbol (¡oh, sorpresa!) son redondos, ruedan por el suelo y como están llenos de aire… bla, bla, bla.
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Lógicamente son marcas muy diferentes, con un posicionamiento, un público meta y unas estrategias totalmente distintas, pero, en esencia, ambas fabrican un producto que sirve para lo mismo: la práctica del fútbol.

Mucho ruido y pocas nueces

Todo esto es lo que impone la lógica pero vamos a ver que no siempre el sentido común, es el camino que elige la mayoría. Más o menos, así es cómo yo veo que ha discurrido el asunto en los últimos años:

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Lo primero siempre fue el producto, luego entraron las redes sociales como un elefante en una cacharrería y reordenaron las piezas. Muchas marcas no se enteraron de la película y optaron por aparentar que iban a aceptar las nuevas reglas de juego pero sin cumplirlas, claro. Y con esto, hemos llegado a la situación actual. Una gran mayoría de marcas han elegido planes cortoplacistas basados en estrategias agresivas, estéticas y de pura apariencia. Marketing y nada más. Ni producto, ni conversación, ni relaciones transparentes y normales con sus clientes, tan solo la propia marca rodeada de mucho ruido, humo y confeti.

¿A qué estamos esperando?

A día de hoy, muchos negocios deberían volver a la casilla de salida: crear un producto, ni siquiera un producto revolucionario, simplemente uno que cumpla la función para la que fue creado. Fin. Visto lo visto de por dónde van los tiros, ese debería ser el lugar donde situar un nuevo punto de partida, desde donde poder construir una marca mucho más eficiente.

Negocios y marcas han supeditado el producto a la imagen y al marketing, a veces generando únicamente postureo y se han olvidado de la esencia. Las marcas deben ser honestas, representar productos que funcionen y cumplan las expectativas creadas. Marcas que mantengan el compromiso de conversar con su público, no solo con palabras sino con hechos. Marcas consecuentes, que asuman sus errores y los corrijan. En definitiva, una marca que haga lo que se espera de ella. Obvio.

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