No soy un emprendedor (y tú, seguramente tampoco)

17 enero, 2018 - 5 minutes read

trinchera
Mayo de 1915. En un punto indeterminado del Frente Oriental.
En primera línea, un pequeño batallón de 8 hombres perteneciente a la 22º División de Infantería del ejército austrohúngaro, observan atentamente como el sargento Mirco Blažek da la instrucciones de un plan suicida: adentrarse en las líneas enemigas y recoger de manos de un infiltrado, los planos de unos antiguos túneles que conectan con el cuartel general del ejército ruso. Para ello, primero hay que atravesar en completa oscuridad, kilómetro y medio de lodazal, alambre de espino y minas, regresando con los planos y de una sola pieza. ¿Voluntarios? Ante la ausencia de respuesta y cuando el sargento ya se disponía a sortear el candidato, el joven soldado polaco Celestyn Gorecki, se incorpora decidido, da un paso al frente y tras un brusco saludo marcial, apechuga con la misión. Sus siete compañeros respiran aliviados. Fue así como Celestyn se puso en marcha y apenas habían transcurrido 2 horas, regresó con los planos, sus extremidades intactas y una especie de faisán que había quedado atrapado en el lodo y que, aquella misma noche, engulleron como si no existiera un mañana. Celestyn tuvo doble ración de pechuga, 4 cigarrillos y una medalla al mérito que días más tarde, le impuso el capitán.

Aquella acción individual, además de heroica, contribuyó a la postre y de manera decisiva, a expulsar al ejército ruso y conquistar Varsovia en agosto de aquel año. FIN.

El valor de las acciones debería diferenciarse por:

1. El riesgo que se toman al realizarlas.
2. El esfuerzo necesario para lograrlas.
3. Por las consecuencias de dichos actos.

Todos los compañeros de Celestyn Gorecki tenían la misma condición de soldados rasos, todos perseguían objetivos comunes y eran contribuyentes de los éxitos colectivos. Lógicamente, después de aquel acontecimiento, hubiera sido injusto que todos hubieran recibido el mismo trato y las mismas recompensas. No hijo, no.

Héroes de otra guerra: el autónomo

Según diferentes estudios, cuanto más alto es el nivel de paro de un país, mayor es también el porcentaje de trabajadores por cuenta propia. Fue así, como en septiembre de 2011, me convertí en autónomo y desde ese instante, mucha gente comenzó a llamarme emprendedor.

Por aquel entonces, los términos emprendedor y emprendimiento ya resonaban en prensa, en infinidad de eventos promovidos por cámaras de comercio e instituciones públicas a través de iniciativas creadas a tal efecto.

Emprendedor se convirtió en la palabra de moda. Qué bonito es ser emprendedor. Emprende muchacho. ¡Jóvenes del mundo, emprended!. Y así, repitiéndola sin cesar, la palabra se convirtió en una especie de mantra y, como ocurre en estos casos, comenzó a perder el sentido y el valor que tenía al principio. Cualquiera podía emprender y eso, no es posible. Cualquiera no puede.

Según la definición formal del término, un emprendedor es cualquier persona que comienza un negocio, una empresa, etc., especialmente la que entraña alguna dificultad o peligro. Yo me embarqué, junto mi socio, en el proyecto de la agencia de publicidad como forma de recuperar el empleo que había perdido. De igual manera que yo en aquel momento, a esa misma opción recurrieron una gran mayoría de personas que estaban en situación de desempleo y que en 2011, superaba el 20%. No éramos valientes, simplemente era la única alternativa que nos quedaba.

Respeto tanto a aquellas personas que arriesgan su capital o su comodidad, admiro su capacidad de salir de la zona de confort, de iniciar nuevos proyectos, a veces llenos de incertidumbre e inseguridades, que me ruboriza ponerme a su mismo nivel.

Yo no me ofrecí voluntario, no crucé las líneas enemigas para recuperar unos valiosos planos. Yo solo esperé allí sentado a que viniera Celestyn, para poder celebrar su hazaña y sentir que aunque el héroe fuera otro, cumplí honrosamente con mi papel.

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